La corrupción política ha dejado de ser un asunto que se oculta tras puertas cerradas, convirtiéndose en un fenómeno visible y casi aceptado. Donald Trump ha revolucionado esta dinámica, haciendo de la corrupción un espectáculo y un modelo de negocio. A diferencia de sus predecesores, que intentaron distanciarse de posibles conflictos de interés, Trump ha mantenido el control sobre sus negocios mientras ejerce la presidencia, lo que plantea serias preguntas sobre la ética pública y la democracia.